DISCUSIONES SOBRE DECRECIMIENTO

DISCUSIONES SOBRE DECRECIMIENTO

Hace unos meses el diario 20 minutos[1] informó que en “un futuro cercano” se alcanzaran los cien años de esperanza de vida en España, longevidad que permitirá la coexistencia de 4 generaciones en una misma era –abuela, padre, hijo y bisnieta-, con la consecuente demanda de bienes y servicios que ello significa; así mientras en el año 1950 las personas vivían un promedio de 46,4 años[2], hoy los seres humanos no solo vivimos casi el doble, sino que además nos reproducimos con mayor facilidad -si bien no a menor edad, si con menor riesgo de muertes en partos-.

Circunstancias como las anteriores, permiten y han servido de base para los denominados ecologistas conservadores (maltusianos) en sus críticas al modelo económico desarrollado y sus relaciones con los recursos naturales no renovables contrariando así el  llamado movimiento ecologista progresista que centra el deterioro ambiental, no tanto en el crecimiento de la población, sino en el crecimiento de la utilización de tecnologías o sustancias tóxicas y contaminantes.

Pues bien, hace poco me encontré con un artículo del profesor Vincenç Navarro denominado “El movimiento ecologista y la defensa del decrecimiento” [3] allí el autor señala que más allá del modelo de consumo y/o actividades económicas desarrolladas, el problema del desarrollo económico no es si se crece o se decrece, sino por el contrario el modelo de crecimiento económico ejecutado, dando por sentado la necesidad de crecer de la sociedad moderna.

Señala el autor del editorial queSer anticrecimiento, sin más, es una actitud que refleja un cierto inmovilismo que perjudicará a los más débiles de la sociedad como ya estamos viendo ahora, cuando las sociedades están decreciendo (…) Exigir que el mundo deje de crecer es equivalente a negar la posibilidad de mejorar”.

A partir de dicho artículo se abrió un debate al interior de las diversas voces ecologistas, en las cuales se puede leer un cruce de misivas y escritos justificando y criticando, explicando y  reprochando ambas posturas, pues bien el debate además de abrir un espacio de discusión -cuando menos interesante para la academia-, así pues ante de querer involucrarme en dicha discusión y/o tomar parte por una u otra postura, de lo que es, no es o debería ser, lo cierto es que sobre la base de dichos planteamientos descansa la necesidad de replantear la forma de sustentar y desarrollar nuestras formas de producción.

Más allá de las consideraciones técnicas sobre que es o no, crecimiento, es innegable que los procesos biológicos (incluso los antropológicos) se sustentan en la explotación de recursos naturales (renovables y no renovables), siendo ellos por naturaleza finitos -más allá de su renovabilidad-, es poco probable que el crecimiento demográfico y económico ad-infinitum sean sostenibles en el tiempo.

Así pues, es sabido que las economías de los ecosistemas están basadas en el funcionamiento de redes tróficas, dentro de la cual la energía es el factor de intercambio entre todas las especies (plantas, animales humanos y no humanos, microorganismos) y su regulación proviene de la lógica con la que circula a través de ellas.

Dicha comparación entre los intercambios energéticos y los intercambios económicos de los seres humanos, es la teoría de HT Odum, quien planteó una forma de interpretar los intercambios ecológico/económicos basada en las equivalencias energético-económicas de todos los procesos y actividades globales. El norteamericano entendió que en cualquiera de los casos, circulación energética (monetaria), posee una conectividad interna perfecta, para no violar las leyes de la entropía, conectividades olvidadas que son la única opción para entender y garantizar la construcción de la sostenibilidad.   

Estas mismas palabras son recogidas por la directora del Instituto Humboldt (Colombia), al señalar que:

“En ecología, por el contrario, la dimensión degradativa de los procesos es mucho más importante, pues comprender y manejar los mecanismos de la liberación de energía acumulada a través de las cadenas alimentarias, es paso fundamental para garantizar el funcionamiento completo de los ciclos vitales y, sobretodo, sustentar su adaptación al cambio, inexorable. Las bacterias y hongos, son elementos indispensables para mantener el movimiento ecológico, para renovar la vida. En ciertas economías, por el contrario, se hace énfasis en los procesos de acumulación como motor perpetuo de crecimiento aparentemente liberado del ciclo, y todo aquello que hace referencia a la destrucción de capital es considerado perverso y peligroso, dando a las estrategias redistributivas una connotación negativa. Paradójicamente, en muchos pueblos “primitivos” o visiones místicas, la acumulación implica peligros fundamentales y produce recalentamiento y enfermedad: engordar o  atesorar son atributos negativos tanto sociales como ecológicos, y “mezquinar”, pecado capital.

Así pues como bien apunta el editorial, una de las ideas de la economía clásica entorno al manejo ambiental es la del reciclaje, que evoluciona hacia mantener ciclos productivos sin residuos, donde todo es materia prima, imitando ciclos ecológicos, pero además a una articulación entre recursos, las especies y sus formas de interacción.

En otras palabras independiente de si se propugna por un decrecimiento o un crecimiento reconfigurado, lo cierto es que existe una necesidad además de recomponer las formas y medios de producción, de descomponer el capital monetario, para dar paso relaciones directas que vinculen las fuerzas productivas con las necesidades a satisfacer.