Papel de estraza

Papel de estraza

Él era hijo de emigrantes alpujarreños. De ellos heredó su inteligencia ecológica, su integridad moral, su capacidad de resistencia y el abrazo como actitud ante la vida. Curó el hambre de posguerra en las minas alemanas de carbón. Y regresó como capataz de ingeniería con la convicción de no volver a enterrarse hasta la muerte. Trabajó de pueblo en pueblo enlazándolos con raíles y carreteras. Antes de comenzar una obra, se dirigía a un bar cualquiera y encargaba a cuenta el rancho para toda la cuadrilla. Si el dueño se negaba a fiarle, se dirigía a otro sin mediar palabra. Por el contrario, el mesonero que aceptaba conseguía su fidelidad comercial durante los meses de faena como merecido pago a su confianza. Y un abrazo, siempre.

 Explica Christian Felber en La economía del bien común: “La confianza es el mayor bien social y cultural que conocemos. La confianza es aquello que mantiene unida a la sociedad en lo más profundo, no la eficacia. Imagínese una sociedad en la que pudiera confiar plenamente. ¿No sería la sociedad con el mayor nivel de calidad de vida? Y al revés, una sociedad en la que tuvieran que desconfiar de cada persona. ¿No sería ésta la sociedad con la peor calidad de vida?”.  No hace tanto que los índices de paro y pobreza en Andalucía eran relativamente parecidos a los actuales. Pero me atrevería a decir que el nivel de vida era superior. Por supuesto, no en lo tangible. Pero sí en la semejanza que enlaza a las almas, de la que hablaba el cordobés Ibn Hazm. Me refiero a la confianza como moneda universal.

 Para la mayoría de las familias, Ítaca está al final de mes. Y para cada vez más, desde el principio. No tienen que comer, ni suelo donde dormir. Aunque seriamente deteriorados, en Andalucía se mantienen los lazos de solidaridad entre la familia extensa. Gracias a ellos, el modelo de bienestar social no ha quebrado por fuera, aunque la carcoma del neoliberalismo lo haya raído por dentro. Todo el peso de la solidaridad intergeneracional recae sobre la clase media, ahora degradada a “media clase” a fuerza de soportar tributos y recortes. Ni jóvenes ni pensionistas sostienen objetivamente el sistema. Más de la mitad de los primeros están en paro, y el resto cobra una miseria. Los segundos, reciben merecidamente la recompensa del esfuerzo que hicieron por sus mayores. Sólo que ahora son menos los pagadores que los perceptores. Si la sociedad fuera pan de molde, me temo que se están acercando peligrosamente los extremos.

 Para aumentar nuestro nivel de vida, el auténtico, el inmaterial, restauremos la confianza. Aquella que se anotaba en papel de estraza y se colgaba anónima de un alambre en las tiendas de siempre. Los pueblos que confían en sí mismos resisten infinitamente mejor las adversidades. Y la desconfianza no es andaluza. El fomento de los comercios de barrio o el consumo de productos autóctonos, por ejemplo, son propuestas políticas de primera magnitud para salir de esta crisis. Y no sólo por su componente eco-identitaria, sino porque restauran la confianza dañada que necesita cualquier comunidad humana para rehabilitarse y mantener el abrazo como actitud ante la vida.

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Información sobre el autor:

Antonio Manuel Rodríguez Ramos, (Almodóvar del Río, Córdoba, Andalucía, 1968).  Profesor, jurista, escritor, músico y activista social, cultural y político.  Doctor en Derecho, Profesor de Derecho Civil de la Universidad de Córdoba y miembro del grupo de intelectuales e investigadores ‘Andalucía a debate’ fundado por la Universidad de Jaén, columnista y colaborador en distintos medios de comunicación, autor de varios ensayos y monografías, poemarios, novelas y discos con Deneuve, ganador de varios premios literarios, Antonio Manuel Rodríguez Ramos siempre ha vinculado su trabajo y su acción a Andalucía, la memoria colectiva, los derechos humanos, el ecologismo, el feminismo y la radical democracia. Blog personal: @antoniomanuel__