¿Siempre insatisfechos?

¿Siempre insatisfechos?

CAMILLE Jenatzy heredó de su padre, un fabricante belga de neumáticos, su
afán por la velocidad y el espíritu pionero de la revolución industrial. A
finales del XIX creó una planta de vehículos eléctricos como alternativa a
los primitivos motores de carburante. No por ecología sino por codicia
capitalista. Obsesionado en aplastar el negocio de su competidor, encargó
el diseño de un automóvil con forma de torpedo para batir el record mundial
de velocidad. Él mismo lo conduciría para redoblar los ecos del
acontecimiento. En la primavera de 1899, cerca de París, alcanzó los
105,882 km/h. Al prototipo lo llamó *La jamais contente* (siempre
insatisfecho): un símbolo de todas las perversiones de la modernidad y el
progreso.

Somos tiempo. Y por eso nos empeñamos en estirarlo como un chicle con tal
de alejar la muerte de nuestra vista. Estúpidamente, porque la vida no es
una cuestión de “extensidad” sino de intensidad. E inútilmente, porque este
año también se irá cuando entre el próximo. Nuestro calendario laico y
globalizado coloca la celebración del tránsito en un día invernal sin
relación alguna con los ciclos de la naturaleza y de la vida. Nada que ver con
la melancolía otoñal del hebreo, o con la efervescencia primaveral del
bético-andalusí que aún custodiamos sin saberlo. Coherentemente con la
fecha, el año nuevo vendrá tan helado como el que se fue. Pero será peor.
Como decía Juan Ramón, quizá la única forma de sobrevivir sea olvidando. Y
yo matizo: lo olvidable y no viviendo deprisa.

Para Kundera, “nuestra época está obsesionada por el deseo de olvidar y,
para realizar este deseo, se entrega al demonio de la velocidad, acelera el
ritmo para mostrarnos que no desea ser recordada, que está cansada de sí
misma, que quiere apagar la minúscula y temblorosa llama de la memoria”.
Este capitalismo salvaje nos ha empujado a desear siempre más y más aprisa.
Y ahora estamos pasando de la frustración por exceso a la insatisfacción
por defecto. La desaceleración económica debería enseñarnos a desacelerar
la vida. Aprendamos a vivirla no estando tristes por carecer de lo
superfluo, sino esperanzadamente felices aunque no tengamos lo necesario.
Olvidando lo traumático pero sin caer en la sumisión. La resistencia no es
amnésica. No queremos saltar desde la estratosfera como aquel paracaidista
austriaco, pero tampoco permitamos que los gobernantes nos arrojen al
vacío. Y vivamos intensamente a la velocidad de la memoria: “*toujours
contente*”.