UBUNTU

UBUNTU

Son niños. Pertenecen a una tribu inmemorial del corazón africano. Su piel es del color de la pena, pero ellos ni lo saben ni les importa. Todo lo contrario. Sus sonrisas son tan blancas como la vuelta de sus pellejos, demostrando que ni el color de los dientes ni de la piel se tiñe en ósmosis con los colores del alma. Ojalá fuera así para disponer al menos de una señal visual de alerta contra las malas personas. Debido a esta ausencia, unos escogen desconfiar de todo lo que le rodea para evitar el daño. Y otros, entre los que me cuento, preferimos confiar en los demás aunque corramos el riesgo de la puñalada.

Aquellos niños tienen hambre. Un adulto, blanco por fuera (y quiero creer que también por dentro), coloca un cesto de fruta a unos quinientos metros de distancia y les propone un juego: el primero en llegar podrá comérsela entera. Los niños se miran extrañados. Se toman de la mano. Caminan juntos hasta la fruta. Se sientan en círculo. Y se la comen entre todos sin perder la sonrisa. El adulto se pregunta por qué nadie tuvo la tentación de adelantarse. Uno de ellos le contesta con esta palabra: ubuntu, que significa “sólo soy si somos”.

Estos de los que hablaré ahora son adultos. Pertenecen a una tribu de gobernantes europeos sin corazón. Y juegan con nosotros colocando la fruta demasiado lejos de quien la necesita y demasiado cerca de quien le sobra. Lo llaman “darwinismo social” y lo justifican eufemísticamente como otro daño colateral de la crisis económica. Todo sea para encubrir la reimplantación en Europa del capitalismo más animal, insensible y prefascista desde la Segunda Guerra Mundial. Un alto cargo de la UE se expresó así ante un posible acuerdo presupuestario entre los Estados miembros: “Es una buena señal que nadie esté feliz”. Por supuesto, se refería a los políticos y diplomáticos sentados alrededor de la clásica mesa de negociación, redonda con un agujero en el centro. La fruta está en otra parte. En alejados paraísos fiscales. O cercanos pero fuera de la UE (Suiza, por ejemplo). En todo caso, siempre a mano de los mismos que “sólo son si los demás no somos”.

Me preocupa que hayamos disfrazado intelectualmente la bestialización de humanismo. La razón es capaz de justificar lo que repugna a un corazón sano o a una mirada limpia. George Steiner (Gramáticas de la creación) explica con crudeza cómo las élites cultas de Alemania fundamentaron la necesidad del nazismo para solucionar la crisis económica y política, hasta convencer en masa a las clases medias y bajas. Muchas de ellas se quejaban del polvo de los crematorios porque ensuciaban los muebles de la casa. Fueron los mismos que votaron a Hitler. Y los mismos que se desmoronaron de vergüenza en los campos de exterminio cuando, una vez acabada la guerra, los aliados los llevaron allí para que comprobaran con sus propios ojos la causa de la peste y del polvo del que se quejaban. Hijos de la peor de las ignorancias: no la impuesta, sino la consentida. 

En España, Cataluña, Galicia y Euskadi ganó la derecha, confirmándose en las urnas el desmantelamiento descarado e impune del Estado social. En Andalucía ganaron las marcas de la “izquierda sociológica”, y salvo píldoras simbólicas, la realidad es que nos hallamos en el territorio del Estado donde las diferencias sociales son más acusadas. Mi esperanza radica en que no ha sido ni la derecha ni la izquierda en los parlamentos, sino la ciudadanía en la calle quien ha provocado el cambio político de actitud en temas tan cruciales como los desahucios. En consecuencia, la brecha social no existe entre los partidos de uno u otro bando, sino entre la institucionalidad y la ciudadanía. Yo milito en la segunda. Y advierto una proliferación del nacionalismo español más fascista y reaccionario a raíz de la brecha. Por eso reivindico la ética comunitaria de esos niños frente a la voracidad individualista del sistema. Comernos la fruta entre todos. Sonriendo. Y sólo ser si somos.

@antoniomanuel__